Esta familia llegó desde Chubut para empezar una nueva vida en Villa General Belgrano. Son cuatro humanos, dos gatos y una perra. Disfrutan de lo simple, la naturaleza y los momentos compartidos en casa.
Ella es comerciante, él trabaja online. Desde el inicio, algo fue claro: el afuera es tan importante como el adentro. Aman estar al aire libre, recibir visitas, cocinar y vivir al ritmo de las sierras.
La galería es clave: espacio para compartir y descansar.
Y la cocina, su centro emocional: amplia, con isla… y una cava para celebrar con un buen vino.
El objetivo fue diseñar un hogar que abrace esta nueva etapa, integrando su estilo de vida.
Buscamos una cocina amplia y social, con isla central.
Una galería protagonista, pensada para vivir el afuera todos los días, desde un mate al sol hasta una comida con amigos.
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Ambientes cómodos para trabajar, convivir y recibir.
Y una identidad clara: intención y emoción en cada rincón.
Un hogar que los represente y acompañe en esta nueva vida entre sierras, calma y disfrute.
Si cierro los ojos, todavía puedo vernos en esa mesa vacía, con los planos desplegados y un sueño que recién empezaba.
Llegamos a Anita por recomendación, cuando la casa todavía era apenas unas líneas en un papel. Teníamos una idea difusa de lo que imaginábamos como hogar. Estábamos por empezar la obra, pero no sabíamos por dónde arrancar. Solo teníamos claro cómo queríamos vivir, más que cómo queríamos que se viera.
Desde la primera reunión, Anita nos propuso algo que lo cambió todo: pensar la casa completa, pero diseñarla por etapas. Respetando los tiempos de la obra y nuestros propios procesos. Nos mostró que cada ambiente podía tener su identidad sin perder la armonía general. Que no se trataba de elegir “cosas lindas”, sino de entender qué queríamos sentir en cada espacio.
Acompañó cada paso. Cada duda. Cada audio de auxilio y cada mensaje con capturas de pantalla.
Nos asesoró desde los cimientos hasta los últimos detalles. Nos ayudó a tomar decisiones que parecían enormes, pero que con ella siempre se volvían claras.
Lo que más valoro es que nunca nos dejó perder el propósito del proyecto. Cada elección tenía un sentido. Cada material, cada color, cada mueble contaba parte de nuestra historia.
Y, sobre todo, Anita nos enseñó a mantener la calma. En un proceso que suele ser estresante, con ella todo se sintió más liviano. Más claro. Más nuestro.
Hoy, sentada en esta cocina que diseñamos juntas, veo cómo cada espacio respira exactamente lo que soñamos.
Y pienso: menos mal que la encontramos justo a tiempo.